Mis memorias del subsuelo (Aludiendo a Dostoievski)

Regularmente utilizo el metro de Madrid, ahí coincido con centenares de rostros anónimos que se movilizan por la entrañas de la capital española, recorren pasillos, suben y bajan escaleras, caminan con premura, buscan salidas, observan mapas, se muestran abstraídos, pero quienes más captan mi atención son las personas, que al igual que yo, llevan un libro entre sus manos y van sumergidas en el mundo literario que se devela ante sus pupilas. Es verdad que España no es precisamente un país de lectores, y que la literatura aquí también forma parte de una subcultura de proscritos, apasionados por el arte y el mundo de las letras, y que muchos de los libros que la gente va leyendo son pseudo-literatura, pero comparado con otros países, como Guatemala, la diferencia es abismal, y bajo esa comparación el hecho de que me encuentre con una cantidad considerable de ojos atrapados en las letras, independientemente de lo que leen, resulta reconfortante. Dadas las circunstancias audiovisuales en las que transcurre el mundo, la literatura enfrenta nuevos desafíos, cada vez hay más personas pasando más horas viendo televisión y menos leyendo libros, esto tristemente responde al hecho de que vivimos en sociedades acomodadas en lo automático, lo cual alegrará a los nuevos proyectos de la domótica pero no a los apasionados de la literatura. Vivimos en la época de la papilla: la gente está muy deslumbrada y acostumbrada a los controles remotos, al horno microondas, a la comida instantánea, a perder veinte libras en dos días, a visitar quince países en diez, a aprender un idioma en tan sólo un mes, y lo que está por venir: ventanas que se abren con un chasquido de dedos o que se oscurecen o aclaran con tan sólo tocar el cristal (evitando el uso de cortinas o persianas), autos que se conducen solos, etc. Pareciera que todo es cuestión de acortar el tiempo y minimizar al máximo, sino eliminar en su totalidad, el esfuerzo de cualquier proceso. La literatura, en cambio, siempre requerirá esfuerzo y tiempo, por ello, disfruto tanto los lapsos en el subsuelo porque ahí parece como si el tiempo se estancara por el rato en que la gente va de un destino a otro y les es posible leer. En las salidas, al terminar de subir las gradas, cuando empieza a verse la calle, lo coches, la vida, veo como se van cerrando los libros y la gente pareciera volver a la realidad, a esa realidad que por un momento fue poesía y me invade la nostalgia.

Autor: Lucia Ochoa-Figueroa

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